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En las últimas seis décadas, la Crisis de los misiles cubanos ha sido tratada como el momento más peligroso de la Guerra Fría, cuando el mundo estuvo a las puertas de un conflicto nuclear entre las súper potencias, cuyas consecuencias habrían sido verdaderamente apocalípticas.
Hoy se sabe que el peligro fue mucho mayor que el que se percibió en la época y que el Armagedón fue evitado tan sólo por la intervención determinada de un pequeño puñado de hombres que, en Washington, Moscú y en el mar Caribe, tuvieron el coraje de mantener la lucidez en momentos críticos y de revisar conceptos enraizados por casi dos décadas de confrontación ideológica en ambos lados.
Lo que, como algunos de sus sucesores de hoy, apostaban a una gran conflagración como medio para la consecución de sus designios hegemónicos.
Tan sólo por esos motivos, los sesenta años de los 13 días que amenazaron al mundo ya sería una oportunidad para recordar aquellos momentos cruciales, de los cuales algunas enseñanzas preciosas tienen que ser reaprendidas por los individuos situados en los altos puestos y encargados de las decisiones que influencian a todo el planeta.
La crisis se desarrolló entre los días 16 y 28 de octubre de 1962
Después de que un avión de reconocimiento estadounidense descubriera que los soviéticos estaban instalando proyectiles nucleares de alcance medio en Cuba, capaces de alcanzar en pocos minutos varios blancos de la Costa Este y del Sur de Estados Unidos. Esta decisión, con la que el Kremlin pretendía equilibrar la gran superioridad numérica de Estados Unidos en ojivas nucleares (nueve veces más que la URSS), provocó una reacción inmediata de Washington, con un Estado Mayor Conjunto lleno de “halcones” recomendando al presidente John F. Kennedy (1961-1963) realizar de inmediato ataques aéreos a las bases de los proyectiles de Cuba, seguida en pocos días, de la invasión de la isla caribeña. Con la Primera guerra mundial en mente y refiriéndose al célebre best seller de Barbara Tuchman, Los Cañones de Agosto, de gran éxito en ese entonces, Kennedy insistía en resaltar lo inadecuado de las tácticas y de las respuestas militares convencionales en una era de armamentos nucleares, cuyo empleo casi inevitable sería devastador.
En vez de acciones directas, optó por el bloqueo naval, con lo que los navíos que se dirigieran a Cuba serían interceptados por la Marina de Estados Unidos e inspeccionados en busca de armas.
Al final, con la ayuda crucial de una activa diplomacia tras bastidores entre el presidente y el premier soviético Nikita Krushchov, los proyectiles fueron retirados a cambo del compromiso de Kennedy de no invadir Cuba y de retirar en algunos meses los proyectiles intercontinentales estadounidenses estacionados en Turquía y en Italia, aunque esta parte del acuerdo no fuese divulgada por el Kremlin.
En el transcurrir de la crisis
Hubo varios episodios en los que la situación estuvo muy cerca de escaparse de las manos: cuando los “halcones” del Pentágono determinaron que el nivel de alerta de las fuerzas estratégicas estadounidenses fuese elevado al penúltimo estadio antes de la guerra (Defcon) y efectuaron una prueba de un proyectil nuclear sin avisar al presidente: cuando un avión de reconocimiento U-2 fue abatido sobre Cuba, con la muerte del piloto; y, el mismo día, cuando un submarino soviético estuvo a un paso de disparar un torpedo nuclear contra el grupo estadounidense que lo acosaba (nota siguiente). Durante todo el tiempo, tanto Kennedy como Krushchev estuvieron sometidos a fuertes presiones de sus respectivos “línea dura” a favor de la solución nuclear del conflicto. En ese momento, la histórica afirmación del secretario de Estado Dean Rusk, uno de los belicistas incrustados en el gabinete de Kennedy, denota el estado de ánimo de sus compatriotas de todas las épocas, que ven a Estados Unidos como una nación predestinada a la hegemonía mundial incontestable:
Nos vimos ojo a ojo, y creo que el otro simplemente vaciló.
No obstante, el episodio terminó promoviendo una especia de epifanía de los líderes, que mantuvieron una correspondencia privada sigilosa durante los meses siguientes, que no cesó sino con el asesinato del presidente Kennedy, en noviembre de 1963, correspondencia en la que se llegó a hablar del fin de la Guerra fría y de la posibilidad de una operación científica-tecnológica conjunta para la exploración espacial. En un oportuno artículo publicado el 26 de octubre de 2012 en ocasión del quincuagésimo aniversario de la crisis, el comentarista político de la red rusa RT Serguéi Strokam destaca cinco lecciones de la crisis para nuestros días. La primera es que las respuestas asimétricas, como la que Krushchov trató de imponer a Estados Unidos son empresas extremadamente arriesgadas. “Son la herencia de la Guerra fría y no tienen cabida en el mundo de hoy. En lugar de respuestas asimétricas, los líderes deberían entender que todo intento de construir la seguridad de sus naciones en detrimento de las demás, al final de cuentas, terminará tan sólo en inseguridad.”
La segunda lección es que la solución de las crisis -tanto mundiales como regionales- debería partir de la restricción por parte de los líderes y excluir, de forma inequívoca, la guerra como instrumento de política mundial. Algunos dicen que, 50 años después de la crisis cubana, es extremo idealismo y wishful thinking.al creer que los líderes de hoy seguirían este principio, considerando las guerras de Afganistán, Irak, Libia y Siria y la retórica belicista contra Irán. Kennedy y Krushchov, sin embargo, demostraron que tal código de conducta no es, de ninguna forma, imposible.
La tercera “es la noción de que, en una crisis de ese género, hay siempre circunstancias accidentales que pueden, en ocasiones, provocar una escalada fuera de control de los líderes. Cuando el bloqueo estadounidense de Cuba entró en vigor y los submarinos soviéticos se aproximaron, Kennedy ordenó que los navíos estadounidenses disparasen pequeñas cargas de profundidad contra ellos, para obligarlos a salir a la superficie. Los historiadores dicen que Kennedy no sabía que los submarinos llevaban torpedos nucleares ni que estuvieron cerca de usarlos.” La cuarta lección para las relaciones ruso-estadounidenses es que “calificar al otro de enemigo número uno, como el Sr. (senador Mitt) Rommey hace hoy, es para decir, cuando menos, que se trata de una práctica arrugada y extravagante -esta es una mentalidad superada y obsoleta-. Los líderes que se aferran a los viejos dogmas probablemente fueron malos estudiantes de Historia. Hoy se parecen a hombres presos en el pasado. Permítase que tengan una visión mejor de las sillas usadas por Kennedy y Krushchov durante sus conversaciones en Viena, o considérese la manera de que, luego de la Crisis de los misiles, Kennedy y Krushchov iniciaron su propia re-comunicación (reset en el original -n.e.), con la firma de un acuerdo comercial exclusivo en 1963. Y, menos de un año después de la crisis, ante el pleno de la ONU el 20 de septiembre de 1963, Kennedy propuso la exploración espacial conjunta estadounidense-soviética”.
Algunos dice que, tanto para Estados Unidos como para Rusia, octubre es un mes que espanta -no sólo a causa de la Revolución bolchevique y de Halloween, sino por causa de la Crisis de los misiles de Cuba. No obstante, los desastres se pueden evitar con facilidad, cuando los egos nacionales y las paranoias ceden su lugar a un nuevo pragmatismo descubierto comúnmente con enormes dificultades, luego de crisis y de errores. Esta es la quinta y última lección que debe aprenderse de la crisis cubana, concluye Strokan.
Por encima de todo
La superación de la Crisis de los misiles señaló la posibilidad de la sustitución de la carrera armamentista de la Guerra fría con una estrategia cooperativa entre las dos súper potencias, incluso, con un liderato conjunto en la exploración espacial.
En el contexto general, tal cuadro proporcionaría el reinicio del “plan de las Cuatro libertades” proclamado por el presidente Franklin D. Roosevelt durante la Segunda guerra mundial (de palabra y expresión, de culto, de la miseria y del miedo), además de poner de nuevo las relaciones entre Estados Unidos y la URSS en el molde cooperativo pretendido para la post guerra, sepultado por la llegada de la confrontación ideológica. Desafortunadamente, el asesinato de Kennedy implicó la anulación inmediata de tal perspectiva, que tenía el potencial de elevar a la Humanidad en su conjunto a una altura civilizatoria superior, y abrió las puertas a la consolidación del conjunto de intereses agrupados en torno del complejo industrial-militar estadounidense y del sistema financiero internacional controlado por el eje Wall Street-City de Londres, alianza hegemónica que ha dominado la política de todos los presidentes estadounidenses desde entonces.
Seis décadas después de aquellos acontecimientos, el riesgo de un enfrentamiento nuclear entre las súper potencias es todavía mayor, principalmente por la ausencia casi total de estadistas en las capitales occidentales. Por ello, las enseñanzas cruciales de aquel momento crítico son más actuales que nunca.

