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El pasado 15 de febrero, el presbítero Ernesto Sánchez, director de la pastoral social de la arquidiócesis de Guadalajara, México, fue el anfitrión de la conferencia título de esta nota, proferida por Lorenzo Carrasco presidente del Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa).
Ubicando la complejidad y actualidad del tema, el ponente aseveró: “De hecho, no es posible el entendimiento de la actual crisis civilizatoria que atraviesa la Humanidad y, sobre todo, de las posibles soluciones, sin un enfoque de los aspectos culturales y espirituales de la historia humana, en todas sus dimensiones”.
En este contexto amplio se refirió a la importancia que cobra la devoción que toca nuestro corazón, “la devoción guadalupana, en este cambio de época”.
En particular, ese fervor guadalupano, signo de esperanza, ha traspasado fronteras y paulatinamente se arraiga en los millones de inmigrantes hispanos, lo que ya ha estimulado un cambio cultural muy benéfico en la sociedad norteamericana; pero, no obstante, tan novedoso proceso, ha sido tomado por el inflexible mundo calvinista americano como una amenaza a las añejas convicciones de la predestinación y del excepcionalismo.
Desde que los efectos de la onda de choque migratoria hispana parecían imparables
No pocos de los voceros de aquella elite, prendieron la alarma. Uno de ellos, fue sin duda, el profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, personaje muy influyente en la geopolítica norteamericana.
En su obra más destacada, Choque de Civilizaciones, preveía que serían las tendencias culturales y religiosas de los puebles las que desatarían grandes conflictos mundiales. En otro libro, “¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional americana”, fue un grito desesperado, pues la migración hispana, se convertía en un peligro existencial para EUA.
La Historia camina, y hoy la realidad que enfrenta la nación americana es la del hundimiento de su posición estratégica hegemónica, guiada por aquella ideología del excepcionalismo inflamada en los últimos treinta años del orden mundial concomitante a su poderío bélico.
En las actuales circunstancias, a grandes rasgos, la presencia de la población hispana con su religiosidad y herencia cultural proveniente de la epopeya evangelizadora ibérica, más que un estorbo para EU y Canadá podría convertirse en un poderoso motor hacia la construcción de un orden multipolar justo, una fuerza coadyuvante de transformación de la lastimosa ideología que aparece inmutable por sus resultados plagados de enormes injusticias y belicismo en el orden mundial reinante.

A pesar de las fallas humanas inevitables dentro de una obra de semejante magnitud
Es innegable que la Evangelización constituyó el proceso civilizatorio más exitoso del que se tenga noticia en la Historia universal. Por primera vez, la mezcla étnica iluminó nuevos horizontes, nuevas identidades, nuevas ciudades, manifestaciones artísticas, universidades, hospitales, infraestructura.
Aquí emerge vital el acontecimiento sobrenatural de la creación de México, el hecho fundante de la nación mexicana: la aparición de la Virgen de Guadalupe, en diciembre de 1531. “Las voces mexicanas aclamaban continuamente y sin cesar, el grito de ‘noble niña india, Madre de Dios, noble niña india, Nuestra Madre’”, decía, emocionado, el Papa Pío XII, en un mensaje radiofónico dirigido al pueblo mexicano, el 12 de octubre de 1945, para celebrar el cincuentenario de la coronación canónica de la Guadalupana. En el mensaje, el Pontífice elevó a La Morenita a Emperatriz de América.
En otra parte, Lorenzo Carrasco, agrego que, fueron las mismas navegaciones ibéricas previas a 1531, las que se hicieron a la mar llevando por delante al mundo desconocido el fervor a la Virgen de Guadalupe de Extremadura; devoción compartida por, Isabel la Católica, Hernán Cortez, Cristóbal Colon, los misioneros de Extremadura.
Y es una gran ironía que, allí, donde se cultiva la penetración pentecostal en nuestro continente, es la presencia de Guadalupe que se eleva en defensa de la verdadera fe cristiana. Algo que recuerda el hecho de que la aparición original en el Tepeyac promovió la conversión natural al catolicismo de 8 millones de indígenas, mientras, en Europa, la Reforma Protestante alejaba de la Iglesia Católica una cantidad semejante de fieles.
¿No será Guadalupe la fuerza principal para transitar del actual sistema de hegemonía global basado en la fuerza hacia una civilización del amor, basada en la Justicia y en la Verdad?
En la Exhortación Apostólica, “La Iglesia en América”, Juan Pablo II, adelantándose al momento nos llama:
Por ello, convertirse al Evangelio para el pueblo cristiano que vive en América, significa revisar todos los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común. De modo particular convendrá atender la creciente conciencia social de la dignidad de cada persona, y, por ello, hay que fomentar la solicitud por la obligación de participar en la acción política según el Evangelio (…) la actividad en el ámbito político forma parte de la vocación y acción de los fieles laicos.

