Bolivar Hernandez*
Esta historia ocurrió durante una noche del mes de septiembre de 1964. Fue una noche memorable por lo que sucedió en ese viaje internacional.
Recién me había graduado como maestro en la Escuela Normal Rural Pedro Molina, en Guatemala. Y renuncié al puesto de director de una escuela rural, situada en las faldas del volcán Acatenango, Chicazanga se denominaba esa diminuta aldea indígena de habla Cakchiquel, para iniciar la aventura de mi vida que era estudiar la universidad, en la Ciudad de México.
Tenía 20 años cumplidos y muchos sueños de superación. Me motivaba mucho realizar el sueño mexicano, después de un intento fallido cuando tenía 10 años y quería quedarme en el país azteca con mi abuela materna, Cuca, para continuar mi vida en el país donde nací en 1944.
En 1954 vivíamos en el DF, como refugiados políticos
Ello, tras el golpe de estado que propició EEUU en Guatemala. Le hice esa petición a mi padre para que autorizara que yo me quedara en México y mi familia entera volviera a Guatemala después de una amnistía a los refugiados guatemaltecos que estaban dispersos por América Latina; y mi padre se acogió a esa amnistía o perdón, y volvimos de nuevo a Guatemala.
La idea del retorno a mis orígenes mexicanos siempre rondó en mi mente infantil y juvenil, pero hasta que cumplí 20 años, pude emprender la travesía hacia México.
Mi vida entera, mis pertenencias, cabe en una maleta grande
Me despedí de mi familia en Guatemala, mi madre con los ojos llenos de lágrimas me dijo:
Hijo, siento que ya no volverás a vivir con nosotros, y tuvo razón. No volví por más de cincuenta años.
Tomé la maleta grande con todas mis chivas, y me encaminé a la terminal de Rutas Galgos en Quetzaltenango, y partí rumbo a la frontera con México. Llegué a Malacatán, San Marcos, y la parada obligatoria para desayunar y luego pasar la frontera.
Resulta que ese parador turístico era propiedad de Flori, una exnovia de juventud. Ella me atendió y no me reconoció. Era ahora una señora rolliza, que aún conservaba signos de su belleza juvenil. Ella había quedado frustrada conmigo, porque no quise casarnos, a los 15 años.
Crucé la frontera a pie, arrastrando la pesada maleta, y abordé un microbús con destino a Tapachula. Me dirigí directamente a la terminal de autobuses y compré el pasaje a la Ciudad de México.
La línea de autobús única que iba de Tapachula a México era Cristóbal Colón, en un viaje de 20 horas sin parar más que al baño, el viaje duraba toda la noche.
En la terminal de autobuses de Tapachula divisé a una bella chica, veinteañera como yo, y nos sonreímos mutuamente en señal de aprobación, pero la chica se hacía acompañar por su madre, que no le quitaba el ojo de encima a su hija.
La chica, su madre y yo íbamos a la Ciudad de México, y casualmente los lugares asignados estaban próximos, ellas adelante de mi asiento en ventanilla. La chica se sentó adelante de mi en ventanilla también. En un pequeño descuido de la madre, conversé fugazmente con la chica, que dijo llamarse Esmeralda, igual que sus ojos verdes.

Fue un “amor a primera vista”
Cosa que sucede muy a menudo cuando uno es joven y romántico. Nos gustamos súbitamente como ocurre en las películas de Hollywood.
Empieza el viaje por la tarde con el aviso de que llegaríamos a la Ciudad de México a media mañana del día siguiente, 20 horas después.
El calor del Soconusco, Chiapas, es infernal. Particularmente en Arriaga y Tonalá. El autobús de la Cristóbal Colón sin aire acondicionado, ni baño. Al caer la noche temprano, sudando todos a chorros, la madre de Esmeralda cae en un sueño profundo, y la chica linda me pide que le extienda mi brazo derecho sobre su asiento, y le hago caso y le pongo mi brazo y mi mano derecha al alcance de su mano y de sus labios.
Y así con el brazo torcido por varias horas, con el brazo adormilado, entumecido, ella no se cansa de acariciar y besar mi mano anestesiada por la extraña posición.
Y susurraba que le gustaba mucho mi mano…
Mano de estudiante , sin callos, suave y lisa. Toda esa noche viajé con el brazo dormido, pero muy acariciado por la bella Esmeralda.
Llegamos a la Ciudad de México a media mañana del día siguiente, sin dormir, con sed, con hambre, pero muy dichoso por el encuentro con Esmeralda, la chiapaneca, tapachulteca, que me cautivó desde el primer momento en que la vi.
La madre y ella salieron a toda prisa de la terminal de San Lázaro, y nos despedimos sin palabras, pero con una gran sonrisa ambos. Por 20 horas esa chica fue El amor de mi vida. El primero, el segundo o el tercero, ¡no estoy muy seguro de eso!
Salí de la terminal con la gran maleta, pesadísima, a buscar un taxi para llevarme a casa de mi abuela materna, en la colonia proletaria Agrícola Oriental.
Han pasado 58 años de aquella aventura amorosa y no puedo olvidar la sensación del brazo dormido, entumecido, por haberlo dado a torcer en esas circunstancias…
*La Vaca Filósofa

