Lorenzo Carrasco y Geraldo Luís Lino*
La crisis climática que padece el planeta es tanto o más más amenazadora que Vladímir Putin. La invasión es un crimen inaceptable, que no puede ser ignorado, y es preciso apoyar a los que enfrentan al tirano ruso. Pero el mundo debe desarrollar la capacidad para responder a varias crisis a la vez. Ucrania no debe ser abandonada, pero tampoco la lucha contra el calentamiento global. Esta última es mucho más difícil, pero ahora sabemos que si actuamos en conjunto el mundo puede alcanza metas difíciles.
Los líderes de las democracias del mundo mostraron que frente a una amenaza existencial su comportamiento puede cambiar decisiva y rápidamente. Es la hora de usar con valentía el súper poder que la crisis de Ucrania les ayudó a descubrir para atacar otra gran crisis que la humanidad enfrenta.
La insidiosa proclama, es del economista venezolano Moisés Naím, investigador de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional (Carnegie Endowment for International Peace) de Washington, hecha en su última columna, reproducida en periódicos de varios países, entre ellos el brasileño O Estado de S. Paulo del 7 de marzo (“La unión en torno a la guerra de Ucrania debe servir de ejemplo contra el cambio climático”).
Maím vuelve a ventilar una idea que circula desde hace tiempo entre los altos escalones de Estados Unidos y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): vincular ruidosos temas ambientales, a ejemplo de los cambios climáticos y de la “protección” del bioma amazónico, con asuntos de seguridad internacional y sus probables consecuencias militares.
En 2020, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, defendió explícitamente que la entidad debía prepararse para “combatir los cambios climáticos”. En un artículo publicado en varios periódicos europeos (disponible en inglés en el sito de la organización), propuso: (…)
Los cambios climáticos amenazan nuestra seguridad. Entonces, la OTAN debe hacer más para entender plenamente e integrar los cambios climáticos en todos los aspectos de nuestro trabajo, desde nuestra planeación militar hasta la forma en cómo ejercitamos y entrenamos a nuestras fuerzas armadas. (…) La OTAN también debe estar preparada para responder a desastres relacionados con el clima, así como hicimos durante la crisis del Covid-19. (…) Los cambios climáticos están volviendo al mundo más peligroso. La tarea de la OTAN es preservar la paz y mantenernos seguros. Entonces, para cumplir nuestra responsabilidad principal, la OTAN debe ayudar a limitar los cambios climáticos, para nuestra seguridad actual y para la seguridad de las generaciones futuras.
La adhesión al plan verde
Es un desdoblamiento del dilema existencial de la alianza atlántica en el mundo post 1991, cuando la desintegración de la Unión Soviética y de la extinción del Pacto de Varsovia le quitaron la justificación oficial de su existencia. Desde entonces, la OTAN se ha convertido en una “gendarmería global” con un plan estrechamente alineado a los intereses de Washington, y ha incorporado a sus operaciones militares (con frecuencia, en rebeldía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), acciones humanitarias, combate al terrorismo, narcotráfico y piratería, “amenazas” antidemocráticas y problemas ambientales.
Si vemos un poco de historia el lado verde de la OTAN no es novedad, pues la organización tuvo un papel activo en la incorporación de los temas ambientales a la pauta del poder mundial, que se remonta a la década de los 1960. En mayo de 1969, en Deauville, Francia, la alianza promovió la Conferencia sobre Desequilibrio y Colaboración Tecnológica Transatlántica, con la presencia de algunos de los mentores del programa ambientalista, entre ellos el industrial italiano Aurelio Peccei, entonces presidente del Instituto Atlántico, el principal grupo de estudios la OTAN, y Zbigniew Brzezinski, del Consejo de Planeación Política del Departamento de Estado de Estados Unidos. El año siguiente, Peccei sería uno de los fundadores del Club de Roma, pionero moderno del maltusianismo-ambientalismo, tristemente célebre por el Informe titulado “Límites del crecimiento”. Más tarde, Brzezinski llegaría a ser uno de los principales estrategas de política exterior de Estados Unidos.
Las principales conclusiones de la conferencia fueron:
- El progreso científico, definido por el dominio sucesivo del hombre sobre las leyes universales, debería ceder el lugar a una visión del hombre reducido a una parte de la naturaleza, cuyas leyes serían inmutables e imposibles de conocer.
- Los sistemas de gobierno fundados en los paradigmas industriales entonces predominantes ya no funcionarían en la “nueva era” post industrial en gestación. Los estados nacionales se desagregarían, en la medida en que el hombre crease nuevas maneras más “empáticas” de relacionarse con sus semejantes.
- La promoción de la contracultura del rock, drogas y “liberación sexual”, en un periodo poco superior a una generación, la convertiría en la cultura mundial dominante, lo que significaría el fin de la civilización occidental judeocristiana.
En 1968, Brzezinski presentó el libro The Technotronic Age, en el que argumentaba que esa “nueva era” pondría las bases de una dictadura benevolente por parte de una élite “globalizada”. Sobre el naciente movimiento ambientalista, escribió:
“La preocupación con la ideología va cediendo ante la preocupación con la ecología. Sus comienzos se pueden observar en la preocupación popular sin precedentes en asuntos como la contaminación del aire, el hambre, la súper población, la radiación y el control de las enfermedades, drogas y atmósfera… Ya está difundido el consenso de que es deseable la planeación funcional como el único medio para hacer frente a las amenazas ecológicas”.
No es casual que la mención de Stoltenberg de la “seguridad de las futuras generaciones” nos recuerde el célebre concepto del “desarrollo sustentable”. Su primer cargo público fue el de ministro del Medio Ambiente de Noruega, entre 1990 y 1991, en la tercera gestión de la primer ministra Gro-Harlem Brundtland, ex coordinadora de la Comisión Brundtland de las Naciones Unidas, cuyo informe Nuestro Futuro Común, de 1987, presentó el concepto y las directrices del programa ambiental mundial de las décadas siguientes. Más tarde tuvo dos mandatos de primer ministro, en 2000-2001 y 2005-2013. Durante este último, participó activamente en la articulación del Fondo Amazonia, al cual el gobierno noruego donó la casi totalidad de los 2.88 mil millones de reales destinados a financiar a fondo perdido iniciativas ambientales en el bioma Amazonia. El fondo funcionó entre 2009 y 2019, cuando los gobiernos de Noruega y de Alemania suspendieron las transferencias de fondos por no estar de acuerdo con los cambios dictaminados por el gobierno en la gestión de las transferencias de fondos.
Advertencias a Brasil
En el artículo de 2020, Stoltenberg observa que la alianza atlántica no debería actuar tan sólo pasivamente con relación a la cuestión climática, sino también “estar preparada para actuar ante desastres relacionados con el clima, así como hicimos durante la crisis del Covid-19”.
Aunque Stoltenberg no haya hecho ninguna mención de Brasil (ni de ningún país en particular), no es difícil discernir que este país ocupa un lugar destacado en la pauta de “seguridad ambiental” mundial, en la visión de ciertos estrategas euroatlántico. Algunas semanas después de su artículo, un hasta entonces desconocido Consejo Militar Internacional sobre Clima y Seguridad (IMCCS, por sus siglas en inglés), divulgó un informe de 47 páginas titulado “Clima y Seguridad en Brasil”, en el que advertía que la desforestación de la cuenca del Amazonas sería una amenaza para la seguridad brasileña.
Fundado en 2019, en su sitio (https://imccs.org/), el IMCCS se presenta como un “grupo de líderes militares de rango superior, especialistas en seguridad e instituciones de seguridad de todo el mundo, dedicados a anticipar, analizar y enfrentar los riesgos de seguridad de un clima en cambio”. El “mensaje” principal del documento fue:
Las decisiones de acción climática tomadas en los años por venir determinarán si los efectos climáticos de las décadas siguientes serán más administrables o potencialmente catastróficos. Dada la importancia de la cuenca del Amazonas para el sistema climático global, es del interés estratégico y de seguridad de Brasil regresar a su política de liderato mundial de combate de la desforestación. (…)
Con su seguridad y con sus intereses nacionales en juego, es vital que el gobierno brasileño regrese a una estrategia de largo plazo para frenar la desforestación. Las críticas internacionales a la postura de Brasil respecto a la protección forestal pueden muy bien intensificarse, en caso de que Brasil no vuelva a una trayectoria que cumpla sus compromisos con el NDC (siglas en inglés de Contribución Nacionalmente Determinada -n.e.). La comunidad internacional también puede ejercer presión sobre Brasil en esos asuntos para aumentar las consecuencias diplomáticas y comerciales de la inacción. Ante eso, también es del interés de Brasil comprometerse positivamente con los organismos nacionales y multilaterales que tienen sociedad con Brasil en los esfuerzos de conservación forestal; esos acuerdos proporcionarán centenares de millones de dólares para una serie de esfuerzos de preservación y serán necesarios para sustentar una campaña contra la desforestación a largo plazo.
El informe del IMCCS fue un evidente complemento “militar” a la campaña “civil” del aparato ambientalista-indigenista internacional contra Brasil, en respuesta a los actos del gobierno de presidente Jair Bolsonaro para acabar con el déficit de soberanía del Estado sobre la Región Amazónica (como definió el general Eduardo Villas Boas, ex comandante del Ejército), luego de décadas de influencia del ambientalismo en la formulación de la política ambiental nacional. La novedad fue la presencia de una “organización no gubernamental militar” en la misma trinchera con las organizaciones no gubernamentales ambientalistas-indigenistas y con los fondos de activos y de inversiones internacionales, que han presionado al país con intensidad para convertirlo en un territorio “verde-indígena”. En estas circunstancias, es de la mayor importancia resaltar el veto de la Federación Rusa, en diciembre pasado, a una resolución propuesta por Irlanda y por Níger, con el apoyo de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, que proponía que las cuestiones climáticas se integrasen al plan de seguridad internacional. En su reciente visita a Moscú, Bolsonaro resaltó la trascendencia del dicho gesto para Brasil.
No estamos indicando que la OTAN pueda llegar a representar una futura amenaza militar directa para la cuenca del Amazonas. La verdad es que la región ya ha sufrido una intensa ofensiva de guerra híbrida desde el final de la década de 1980, bajo la intervención de un ejército irregular de organizaciones no gubernamentales, que han credo verdaderas “zonas de exclusión económica” y de soberanía limitada en la región más carente de desarrollo del país.
Por desgracia, empresas e instituciones que deberían sustentar la actividad nacional en la cuenca del Amazonas, en iniciativas y proyectos productivos capaces de llevar a la región a una plataforma superior de desarrollo socioeconómico, se han ido en la dirección contraria contribuyendo al plan verde. En realidad, en lugar de la “desintrusión”, término peyorativo usado por los combatientes irregulares para calificar a los residentes de tierras reivindicadas para pueblos indígenas, lo que se necesita es la “desONGanización” de la cuenca del Amazonas.
*MSIA Informa

