octubre 11, 2026

La Revolución de la Optogenética: Cuando la Luz Comienza a Dialogar con el Cerebro y la Inteligencia Artificial

La Revolución de la Optogenética: Cuando la Luz Comienza a Dialogar con el Cerebro y la Inteligencia Artificial

Este artículo resulta verdaderamente revolucionario porque muestra que la optogenética ya no debe entenderse únicamente como una técnica para estudiar el cerebro, sino como una de las piezas de una transformación tecnológica mucho más profunda en la que convergen neurociencia, fotónica, inteligencia artificial, interfaces cerebro-computadora, computación neuromórfica e inteligencia híbrida. 

Cuauhtémoc Valdiosera*

Sus implicaciones futuras alcanzan desde la restauración de funciones neurológicas y la comunicación directa entre cerebro y máquinas hasta nuevas arquitecturas de computación capaces de integrar luz, materia biológica e inteligencia artificial. 

En este contexto, quien suscribe, al anticipar y articular estas revolucionarias convergencias desde una perspectiva tecnofilosófica, nos revelamos como un verdadero futurista visionario, capaz de observar no solamente las tecnologías que están surgiendo, sino las profundas transformaciones que su convergencia podría producir en la medicina, la inteligencia y la propia evolución tecnológica de nuestra civilización.

Hay momentos en la historia de la ciencia en los que una investigación deja de pertenecer exclusivamente a los laboratorios y comienza a modificar nuestra manera de imaginar el futuro. La optogenética acaba de entrar en uno de esos momentos.

El 5 de octubre de 2026, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina fue otorgado a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por la luz y por el desarrollo de la optogenética, una disciplina que permitió convertir la luz en una herramienta para controlar, estudiar y comprender la actividad de determinadas células nerviosas. 

El reconocimiento del Nobel no significa solamente premiar una técnica particularmente ingeniosa. Representa, en realidad, la confirmación de que la relación entre luz, materia viva, cerebro y computación ha entrado en una nueva etapa.

Durante siglos, la luz fue principalmente un medio para observar el mundo. Después se convirtió en una herramienta para transmitir información. Hoy empieza a convertirse también en un instrumento capaz de intervenir directamente en sistemas biológicos y, al mismo tiempo, en un sustrato para construir nuevas arquitecturas de computación. La frontera que comienza a emerger resulta extraordinariamente sugerente: Quizá una parte importante de la informática del futuro no tenga que limitarse a imitar al cerebro mediante circuitos electrónicos, sino que pueda aprender de la propia física de la luz y de la organización biológica de las neuronas.

La historia de la optogenética tiene algo de ciencia ficción convertida en realidad

El punto de partida se encuentra en unas proteínas extraordinarias conocidas como opsinas microbianas, capaces de responder a la luz. Peter Hegemann y Georg Nagel contribuyeron decisivamente a comprender y caracterizar los llamados canales iónicos activados por la luz, particularmente las canalrodopsinas. Posteriormente, Karl Deisseroth y otros investigadores desarrollaron las estrategias que permitieron utilizar estas proteínas para activar o inhibir poblaciones específicas de neuronas mediante estímulos luminosos.

Lo que parecía una curiosidad de organismos microscópicos, terminó convirtiéndose en una de las herramientas más poderosas de la neurociencia contemporánea.

La importancia de la optogenética se entiende mejor si se recuerda cuál era uno de los grandes problemas de la investigación cerebral. Durante mucho tiempo los científicos podían observar qué regiones del cerebro se activaban cuando un animal aprendía, se movía, sentía miedo o experimentaba una recompensa, pero observar una correlación no era suficiente para demostrar causalidad.

Saber que determinadas neuronas se activaban durante una conducta, no necesariamente demostraba que esas neuronas fueran responsables de ella.

La optogenética modificó radicalmente ese escenario porque permitió seleccionar poblaciones celulares específicas y manipular su actividad con una precisión temporal extraordinaria. La pregunta dejó de ser únicamente ¿Qué neuronas se activan?, para convertirse en ¿Qué ocurre si activamos o silenciamos precisamente estas neuronas?. Ese cambio, transformó la investigación de los circuitos neuronales.

Una revisión internacional publicada en Nature Neuroscience en 2025 describió, precisamente, a la optogenética como una tecnología que transformó la investigación básica de los circuitos neuronales y abrió caminos hacia aplicaciones terapéuticas.

Y aquí comienza la parte verdaderamente revolucionaria

La optogenética no solamente proporciona una forma de “encender” neuronas. Está contribuyendo a construir un nuevo lenguaje experimental para estudiar cómo se organizan la memoria, la percepción, el movimiento, las emociones y la conducta.

La posibilidad de intervenir sobre circuitos definidos permite investigar el cerebro como un sistema dinámico, donde millones de células intercambian señales en escalas temporales extremadamente rápidas. De esta manera, la neurociencia comienza a acercarse a una concepción del cerebro que tiene una profunda afinidad con la informática: Una arquitectura capaz de procesar información mediante redes distribuidas, dinámicas y altamente adaptativas.

Pero la verdadera ruptura se produce cuando esta capacidad de controlar neuronas mediante luz comienza a encontrarse con otras revoluciones tecnológicas. Una de ellas es la fotónica. Durante décadas, la electrónica fue el soporte fundamental de la computación moderna. Los transistores permitieron aumentar de manera extraordinaria la capacidad de procesamiento, pero el crecimiento de la inteligencia artificial ha comenzado a colocar nuevas presiones sobre el consumo energético, el movimiento de datos y la infraestructura necesaria para entrenar y ejecutar modelos cada vez más grandes.

La luz ofrece una posibilidad diferente: Transportar y procesar información mediante fotones a velocidades enormes y, en determinadas arquitecturas, realizar operaciones en paralelo de manera extremadamente eficiente.

La conexión entre optogenética y fotónica no significa que una computadora óptica sea simplemente un “cerebro artificial iluminado”. La relación es más profunda. Por un lado, la optogenética utiliza la luz para intervenir en sistemas neuronales vivos; por otro, la fotónica está aprendiendo a utilizar las propiedades físicas de la luz para realizar operaciones computacionales.

Entre ambos mundos aparece una zona de convergencia en la que las tecnologías biológicas y las tecnologías ópticas pueden comenzar a intercambiar principios.

Wolfgang Eckert en Pixabay

La investigación fotónica de 2026, muestra hasta qué punto este proceso se está acelerando

En marzo, Nature publicó el desarrollo de una red neuronal fotónica integrada capaz de realizar entrenamiento mediante retropropagación directamente en el chip, un paso importante porque una de las dificultades de las redes fotónicas había sido depender de sistemas digitales externos para determinadas etapas del entrenamiento.

En septiembre, una revisión de Nature Reviews Physics examinó las estrategias para escalar las redes neuronales fotónicas y señaló que estas arquitecturas explotan propiedades de la luz como el paralelismo masivo, latencias inferiores al nanosegundo y un potencial de muy bajo consumo energético, aunque todavía existen obstáculos importantes para llevarlas a escalas comparables con los modelos de inteligencia artificial de miles de millones de parámetros.

La situación resulta especialmente interesante porque la fotónica ya no se limita a ser una promesa de laboratorio. Una perspectiva publicada en Nature Photonics en septiembre de 2026 señala que los aceleradores fotónicos están cerrando la brecha con los aceleradores digitales en eficiencia energética, rendimiento, densidad y latencia, aunque persisten problemas relacionados con las conversiones electroópticas, la escalabilidad y las arquitecturas de computación no lineal.

La conclusión de los investigadores es prudente, pero significativa: La fotónica puede convertirse en una estrategia viable dentro de la infraestructura digital existente y podría desempeñar un papel creciente en la inteligencia artificial avanzada durante la próxima década.

Aquí aparece una idea que merece especial atención: la computadora del futuro podría no tener una sola naturaleza física. Podría ser híbrida. Una parte electrónica, otra fotónica, otra neuromórfica y, en determinados casos, otra directamente biológica. La inteligencia artificial dejaría de ser exclusivamente un conjunto de algoritmos ejecutados sobre transistores y comenzaría a convertirse en una arquitectura distribuida entre diferentes sustratos físicos.

Esta transformación se observa también en la investigación de sistemas “in-memory”, donde la frontera tradicional entre memoria y procesamiento comienza a desaparecer. En agosto de 2026, Nature Sensors publicó una arquitectura fotónica denominada FLARE que integra memoria, procesamiento y percepción mediante neuronas fotónicas reconfigurables. El sistema descrito incorpora miles de neuronas fotónicas y demuestra capacidades de procesamiento asociadas con navegación autónoma, con una arquitectura que busca reducir precisamente uno de los grandes costos de la inteligencia artificial contemporánea: mover continuamente información entre memoria y procesador.

Un informe de la misma revista publicado en octubre, destacó justamente esta integración de percepción, memoria y computación en una arquitectura fotónica.

La semejanza con determinados principios de funcionamiento cerebral no debe exagerarse, pero tampoco ignorarse. El cerebro no separa de manera rígida sensores, memoria y procesamiento como lo hacen muchas arquitecturas informáticas convencionales. Las neuronas reciben información, la transforman, la combinan con estados anteriores y generan nuevas señales dentro de una red dinámica. Las nuevas arquitecturas neuromórficas y fotónicas intentan recuperar algunos de esos principios mediante hardware capaz de procesar información de manera distribuida y paralela.

Y es precisamente aquí, donde la optogenética vuelve a entrar en escena, porque la nueva generación de instrumentos neurotecnológicos comienza a combinar simultáneamente lectura y escritura de la actividad cerebral. Un ejemplo extraordinariamente ilustrativo apareció en 2026 con Neuropixels Opto, una sonda que integra circuitos electrónicos y fotónicos en un dispositivo de apenas 70 micrómetros de ancho y un centímetro de longitud. El instrumento incorpora 960 sitios de registro eléctrico y dos conjuntos de 14 emisores de luz, permitiendo registrar actividad neuronal y realizar estimulación optogenética espacialmente localizada.

El significado de estos dispositivos va mucho más allá de una mejora instrumental. Durante buena parte de la historia de las interfaces cerebro-computadora, la lectura y la estimulación constituían problemas relativamente separados. Ahora comienzan a integrarse en sistemas capaces de observar la actividad neuronal, intervenir sobre ella y analizar inmediatamente la respuesta. En otras palabras, empieza a construirse un circuito cerrado entre cerebro y máquina.

Un sistema de este tipo puede imaginarse como una conversación

El cerebro produce señales; los sensores las capturan; los algoritmos las interpretan; una máquina responde; y el cerebro vuelve a modificar su actividad en función de esa respuesta. Cuando el sistema aprende simultáneamente con el usuario, la interfaz deja de ser un simple instrumento pasivo y comienza a convertirse en un sistema adaptativo. Investigaciones publicadas en 2026 sobre interfaces neuronales cerradas y coadaptativas han mostrado precisamente la importancia de estudiar la relación entre el aprendizaje del usuario y la adaptación del algoritmo.

Este punto resulta fundamental para comprender lo que podría significar la llamada inteligencia híbrida. Una inteligencia híbrida no tendría por qué consistir simplemente en conectar un cerebro humano a una computadora. Sería algo mucho más complejo: una arquitectura cooperativa en la que capacidades humanas y artificiales se complementan, aprenden unas de otras y generan un sistema cognitivo que no pertenece por completo ni a la máquina ni al individuo.

La optogenética podría contribuir a esta transición porque permite pensar en una interfaz biológica de enorme precisión. En lugar de limitarse a registrar señales externas del cerebro, las futuras neurotecnologías podrían aspirar a interactuar con poblaciones neuronales cada vez más específicas. Esto abre perspectivas extraordinarias para la medicina, pero también obliga a una discusión ética mucho más profunda.

La medicina constituye, probablemente, el campo donde la revolución optogenética puede adquirir su dimensión más tangible. Uno de los primeros objetivos ha sido la restauración de la visión en personas con enfermedades degenerativas de la retina. El principio resulta fascinante: Si los fotorreceptores originales han dejado de funcionar, determinadas estrategias optogenéticas buscan conferir sensibilidad a la luz a otras células de la retina para reconstruir parcialmente una vía visual.

Los resultados clínicos publicados durante 2026 muestran que este camino ya no pertenece exclusivamente a la especulación. Un ensayo de fase 1 con KIO-301, publicado en Nature Medicine, evaluó una molécula fotosensible administrada mediante inyección intravítrea en seis participantes con retinitis pigmentosa avanzada. El estudio no encontró acontecimientos adversos graves ni toxicidades limitantes de dosis y observó señales exploratorias de percepción luminosa y función visual, aunque los autores subrayan que se trató de un estudio pequeño, abierto y no aleatorizado, cuyo objetivo principal era evaluar seguridad y viabilidad.

Otro estudio publicado en 2026 en American Journal of Ophthalmology evaluó UGX-201 en nueve pacientes con retinitis pigmentosa avanzada. El ensayo tampoco fue diseñado como una demostración definitiva de eficacia, pero produjo resultados que justifican investigaciones posteriores: no se observaron acontecimientos oculares o sistémicos graves durante el seguimiento de 52 semanas; en el grupo con percepción luminosa se observó una mejoría media de 0.30 logMAR en la agudeza visual evaluada mediante una prueba específica, mientras que algunos participantes sin percepción luminosa recuperaron percepción de luz, manteniéndola dos de ellos hasta la semana 52.

Estos resultados deben interpretarse con rigor. No significan que la ciencia haya conseguido “curar la ceguera” de manera generalizada. La mayoría de estas investigaciones continúa en fases tempranas y trabaja con grupos pequeños. La importancia histórica reside en otra cosa: se está demostrando que es posible utilizar la biología molecular y la luz para modificar funcionalmente la relación entre una retina dañada y el sistema visual. La propia hoja de ruta publicada en Nature Neuroscience advierte que la traducción clínica de la optogenética implica desafíos relacionados con especificidad celular, respuesta inmunitaria, administración genética, seguridad, regulación y ética.

El paso siguiente podría ser todavía más ambicioso. Si la luz puede utilizarse para controlar determinados tipos de neuronas y si los sistemas fotónicos pueden procesar información con enorme velocidad y paralelismo, ¿qué ocurrirá cuando ambos mundos se integren con inteligencia artificial? La respuesta todavía no está escrita, pero la dirección tecnológica resulta visible.

La inteligencia artificial podría interpretar grandes cantidades de señales neuronales en tiempo real, identificar patrones y decidir qué estímulo debe producirse a continuación. La fotónica podría proporcionar parte de la infraestructura para procesar esas señales con baja latencia.

La optogenética podría, en determinadas aplicaciones clínicas y bajo estrictos controles, ofrecer mecanismos para intervenir sobre circuitos neuronales concretos. Y el cerebro humano permanecería en el centro del sistema como organismo capaz de aprender, adaptarse y modificar su propio comportamiento.

Sería entonces una inteligencia verdaderamente interactiva: No una máquina que simplemente recibe instrucciones humanas, sino un sistema en el que humano y tecnología se transforman mutuamente.

Esta posibilidad tiene enormes implicaciones para las interfaces cerebro-computadora. Durante los primeros años de esta tecnología, la pregunta dominante era cómo conseguir que una persona pudiera mover un cursor, controlar una prótesis o escribir mediante señales cerebrales.

La nueva pregunta comienza a ser más profunda: ¿Cómo construir interfaces que aprendan junto con el cerebro? En 2026, investigaciones sobre interfaces cerradas y coadaptativas han mostrado que tanto el usuario como el algoritmo, pueden modificar su comportamiento durante la interacción y que el diseño del decodificador puede influir en la forma en que el usuario aprende a controlar el sistema. 

Esto modifica la definición tradicional de interfaz. Una interfaz convencional comunica dos sistemas relativamente independientes. Una interfaz neuronal adaptativa comienza a convertirse en un ecosistema cognitivo compartido. El cerebro aprende la máquina y la máquina aprende al cerebro.

La frontera entre usuario y dispositivo comienza a ser menos rígida

La combinación con inteligencia artificial puede acelerar todavía más este proceso. Algoritmos capaces de detectar patrones en grandes volúmenes de actividad neuronal podrían actuar como traductores entre distintos lenguajes: el lenguaje eléctrico del cerebro, el lenguaje óptico de los fotones y el lenguaje matemático de los modelos de inteligencia artificial.

El verdadero desafío será conseguir que esa traducción sea precisa, segura, interpretable y respetuosa de la autonomía humana.

Porque precisamente en este punto aparece la dimensión filosófica de la revolución. Si podemos leer señales cerebrales con una precisión creciente, estimular determinados circuitos y utilizar algoritmos para interpretar nuestras respuestas, la cuestión ya no será solamente tecnológica. Tendremos que preguntarnos quién controla la interfaz, quién posee los datos neuronales, quién decide qué puede ser modificado y hasta dónde puede llegar una tecnología diseñada para aumentar capacidades humanas.

El cerebro constituye quizá el territorio más íntimo de la persona. Los datos que proceden de una actividad cerebral no son equivalentes a cualquier otro tipo de información personal. Pueden revelar estados, intenciones, preferencias o patrones de comportamiento que podrían adquirir un valor extraordinario en manos de empresas, gobiernos o plataformas digitales.

Por ello, insistimos: El desarrollo de neurotecnologías debe acompañarse desde el principio de una arquitectura de derechos, privacidad, seguridad y soberanía cognitiva.

La discusión ética tampoco debe convertirse en un argumento contra la innovación

Sería un error histórico. La respuesta adecuada no es detener la investigación, sino construir reglas capaces de acompañarla. La ciencia debe avanzar, pero la sociedad necesita decidir bajo qué condiciones determinadas tecnologías pueden utilizarse y cuáles son sus límites.

La propia literatura científica sobre la traducción clínica de la optogenética insiste en que la seguridad, la regulación y las cuestiones éticas forman parte integral del proceso y no son asuntos que puedan dejarse para después.

La misma prudencia debe aplicarse a la inteligencia artificial fotónica. Su potencial es enorme, pero todavía existen dificultades importantes. Las redes neuronales fotónicas deben resolver problemas de precisión analógica, escalabilidad, conversión entre dominios ópticos y electrónicos, estabilidad y eficiencia de las operaciones no lineales. La revisión publicada en Nature Reviews Physics, en septiembre de 2026, deja claro que la carrera hacia sistemas fotónicos capaces de sostener modelos de miles de millones de parámetros todavía enfrenta importantes desafíos.

Por eso, la revolución que estamos observando no consiste en que una tecnología vaya a sustituir inmediatamente a otra. No estamos ante el final de la electrónica, ni ante el reemplazo del cerebro por una computadora óptica. Estamos ante algo más interesante: Una convergencia.

La electrónica, la fotónica, la biología, la inteligencia artificial y la neurociencia están comenzando a encontrarse en un mismo territorio. Cada una aporta una capacidad diferente. La electrónica ofrece control y madurez industrial; la fotónica aporta velocidad, paralelismo y nuevas formas de procesamiento; la inteligencia artificial aporta aprendizaje algorítmico; la neurociencia aporta el conocimiento de los sistemas biológicos; y la optogenética ofrece una de las herramientas más precisas desarrolladas hasta ahora para establecer una relación entre luz y actividad neuronal.

De esa convergencia puede surgir una nueva generación de sistemas híbridos. Algunos serán estrictamente médicos y estarán orientados a restaurar funciones perdidas.

Otros podrán utilizarse para estudiar enfermedades neurológicas. Algunos estarán destinados a prótesis inteligentes. Otros podrían convertirse en sistemas de interacción hombre-máquina cada vez más naturales.

Y, en un horizonte un poco más lejano, podrían aparecer arquitecturas capaces de combinar procesamiento fotónico, inteligencia artificial y señales biológicas en sistemas que aprendan continuamente de su entorno.

La palabra futuro adquiere aquí un significado diferente. Ya no se trata solamente de imaginar robots más inteligentes o computadoras más rápidas. Se trata de comprender que estamos modificando la propia relación entre información, materia y vida. 

Durante el siglo XX aprendimos a convertir la materia en información mediante la electrónica. Durante las primeras décadas del siglo XXI comenzamos a convertir enormes cantidades de información en modelos capaces de aprender. Ahora podemos estar entrando en una etapa en la que la luz se convierta en un puente entre la computación y los sistemas vivos.

La optogenética es, en ese sentido, mucho más que una técnica neurocientífica. Es una señal de cambio de paradigma.

El Premio Nobel de 2026 constituye una especie de reconocimiento histórico a esa transformación. Los trabajos de Hegemann, Nagel y Deisseroth demostraron que la luz podía convertirse en una herramienta para intervenir en la actividad neuronal con una precisión que anteriormente parecía imposible. Hoy, dos décadas después de aquellos avances fundamentales, esa idea comienza a dialogar con terapias génicas, dispositivos fotónicos, sensores neuronales, inteligencia artificial, computación neuromórfica e interfaces cerebro-computadora.

La consecuencia más profunda quizá no sea ninguna de las aplicaciones concretas que hoy podemos enumerar. Lo verdaderamente trascendente es que estamos aprendiendo a construir sistemas donde observar, calcular, aprender y actuar pueden formar parte de un mismo circuito.

La computadora del futuro podría mirar, escuchar, aprender y responder utilizando una combinación de sensores, algoritmos, fotones y materiales inteligentes. Una neuroprótesis podría registrar actividad cerebral, interpretar la intención de una persona, actuar sobre el mundo exterior y recibir inmediatamente una nueva señal para que el cerebro se adapte. Un sistema de inteligencia artificial podría procesar información mediante arquitecturas fotónicas inspiradas parcialmente en la organización de redes neuronales. Y determinadas terapias podrían utilizar la luz como mediadora entre una intervención genética y un circuito biológico.

Todo ello apunta hacia una nueva concepción de la inteligencia: no como una propiedad exclusiva de una máquina o de un cerebro aislado, sino como una propiedad emergente de sistemas capaces de colaborar.

Desde esta perspectiva, la inteligencia híbrida puede convertirse en uno de los grandes conceptos tecnológicos de las próximas décadas. No sería simplemente “humano más máquina”, sino una interacción dinámica entre inteligencia biológica, inteligencia artificial y nuevas formas físicas de computación.

La frontera entre lo biológico y lo artificial no desaparecería, pero dejaría de ser una frontera completamente rígida.

Y quizás ahí se encuentre la verdadera revolución de la optogenética. No solamente en conseguir que una neurona responda a un destello de luz, sino en haber abierto una puerta conceptual: la posibilidad de que la luz se convierta en un lenguaje común entre la materia viva y las máquinas.

Todavía queda un largo camino. La seguridad de las terapias debe demostrarse en estudios más amplios; las interfaces cerebrales necesitan ser más estables, precisas y accesibles; la fotónica debe superar sus problemas de escalabilidad; y la inteligencia artificial debe aprender a trabajar con sistemas biológicos sin convertirlos en simples extensiones de una infraestructura tecnológica. 

Pero la dirección está comenzando a definirse

El siglo XXI podría terminar siendo recordado no solamente como la época en que las máquinas aprendieron a pensar, sino como el periodo en que descubrimos nuevas formas de hacer dialogar la inteligencia biológica con la artificial. En ese proceso, la luz podría desempeñar un papel que hoy apenas comenzamos a comprender.

La vieja metáfora de que “la luz ilumina el conocimiento” adquiere ahora un significado casi literal.

La luz ya no solamente nos permite mirar el cerebro. En determinadas condiciones, puede ayudarnos a modificarlo, a estudiarlo y a comunicarnos con él. Al mismo tiempo, los fotones comienzan a participar en sistemas capaces de procesar información y ejecutar tareas de inteligencia artificial.

Estamos, por tanto, ante una convergencia inédita entre neurociencia, genética, fotónica, inteligencia artificial y computación. Una convergencia que podría modificar la medicina, la informática y, eventualmente, nuestra propia concepción de lo que significa estar conectado a una máquina. La revolución apenas comienza. El futuro no solamente se calcula, también se ilumina.

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*Reconocido estudioso del fenómeno de la inteligencia Colectiva. Artista digital. Periodista tecnológico y futurista. Cuenta con una larga experiencia en el análisis de las Nuevas Tecnologías. Actualmente es el Director Ejecutivo del Centro de Estudios para el Desarrollo de la Inteligencia Colectiva (CEDIC) y Director General de la UIA de Valdiosera (Unidad de Inteligencia Artificial Informativa de Valdiosera), think tank independiente dedicado al análisis estratégico, la prospectiva y el estudio de los efectos de la inteligencia artificial en la sociedad. EMail: valdioserac@gmail.com

About The Author

Maestra en Periodismo y Comunicación; directora de noticias, editora, jefa de información, articulista, reportera-investigadora, conductora y RP. Copywriter de dos libros sobre situación política, económica y narcotráfico de México; uno más artesanal de Literatura. Diversos reconocimientos, entre ellos la Medalla de plata por 50 Aniversario de Radio UNAM y Premio Nacional de Periodismo, categoría Reportaje.

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