abril 16, 2026

Las manías que han hecho de mí un ser peculiar y excéntrico

Las manías que han hecho de mí un ser peculiar y excéntrico

Bolivar Hernandez*
Las manías o maní, en varios países significa cacahuates, esa voz náhuatl mexicana que significa cacao de tierra.
En esta ocasión, me voy referir a las manías humanas, que son esas costumbres o comportamientos raros o que causan preocupaciones injustificadas. Finalmente, las manías humanas son rituales personales, casi siempre ocultos.
Todos los humanos tenemos rituales personales determinados por la cultura, el entorno socioeconómico y por nuestras propias neurosis.
En la clínica he observado un sinfín de manías en los pacientes; unas comunes y otras muy estrafalarias.
Quiero relatar mis manías en el contexto que soy de una generación surgida en la posguerra, después de la Segunda Guerra Mundial, años 40 del siglo pasado.
Esa fue una época de escasez mundial
Que obligó a tener comportamientos orientados al ahorro y evitando el desperdicio. También fue obligado el reúso y el reciclaje de los objetos. Todo ello lo tengo ya incorporado en mi ADN.
Ahorro el agua, la luz , y vigilo que la comida no se tire nunca.
Me baño en cinco minutos como máximo, y veo con estupefacción a mis vecinos regar las banquetas, los jardines y lavar los autos con suficiente agua, con exceso.
En mi casa solo se iluminan las áreas donde hay presencia humana, nunca ilumino a los ausentes ni los cuartos vacíos.
Otras manías mías la adquirí en el internado, donde estuve recluido por tres años. Despertar a las cinco de la mañana, bañarme en un santiamén, comer aprisa (esa costumbre la cambié hace muchos años, ahora como despacio).
Tengo el sueño ligero para estar alerta si alguien quisiera robar mis pertenencias, escasas pero útiles; aprendí la solidaridad con mis semejantes, más aún si eran pobres; compartí mis saberes con ellos y los ayudaba con sus tareas.
Otras manías mías las adquirí en mi vida como investigador en el campo
Tuve que inventar una suerte de enfermedad que me impedía comer animales silvestres, y también para rehusar beber alcohol con una botella que circulaba de boca en boca entre todos los presentes en actos cívicos y religiosos.
Aprendí a dormir en el duro suelo encima de un petate, sin almohada, desnudo, y al amanecer sacudir las botas porque solían meterse los alacranes y otros bichos dañinos ahí.
Lo más complicado en los trabajos de investigación en campo es el asunto del aseo personal, el baño diario puede ser complicado y a veces solo es posible a jicarazos o en un rio caudaloso.
Realizar las funciones fisiológicas cotidianas implica una proeza, no hay letrinas en casi ninguna parte, el sanitario es todo lo que la vista alcanza a ver, y en algunas comunidades hay que defecar subido a los árboles y hacer esa necesidad en pleno equilibrio sobre una rama. La razón son los puercos que acompañan a los pobladores y que no permiten defecar a gusto.
Tuve que beber agua contaminada porque no hay costumbre de hervirla, iba al río a recoger agua para beber y venía con mucho lodo y otras impurezas, y había que dejarla reposar todo un día para que el lodo se fuera al fondo de la cubeta.
Naturalmente, adquirí varias veces severas infecciones estomacales, y en una sola ocasión tuve que ser evacuado en un helicóptero del gobierno, por una gastroenteritis aguda y llevado a un hospital; había estado aislado 15 días por un fuerte temporal en una aldea, sin agua ni víveres.

Foto: Pixabay

Aprendí a comer cosas nuevas con mis esposas
Todas ellas educadas y con un buen paladar, ya que yo era un salvaje con una dieta reducida por falta de oportunidades. Me reeducaron muy bien, y aprendí a comer con todas las reglas de etiqueta, con muchos cubiertos a la derecha y a la izquierda. Por eso pude alternar con la burguesía y con diplomáticos en comidas o cenas elegantes. Pero también, aprendí a comer sin cubiertos en las aldeas campesinas, haciendo cucharitas con las tortillas, usando las manos solamente.
Un par de manías más, que no son todas las que me dominan, las constituyen el lustrado del calzado con obsesiva frecuencia y el ir a la peluquería cada 15 días.
Lo del calzado lustrado es una obligación que me inculcó mi madre, me dijo: Un hombre educado y limpio siempre debe tener lustrado los zapatos. Lo de ir con frecuente a la peluquería se debe a un extraño asunto: Recibí tantas quimioterapias que produjo que mi cabello crezca aceleradamente, sin freno.
Si bien el acto de comer es un acto social, compartido, he comido solo casi toda mi vida en lo cotidiano. Las razones son que he trabajaba con horarios infames que me impedían comer con mi familia. Y ahora que vivo solo y que no sé cocinar casi nada, salvo unas pocas ensaladas, pues prefiero salir a buscar donde comer rico y barato.
Esta es la radiografía parcial de mis manías, tengo otras, que han hecho de mí un ser estrambótico, peculiar, excéntrico.
Muchas manías de la infancia las he ido modificando por efectos de la terapia psicoanalítica, yo como paciente; y otras manías las he ido adquiriendo ahora ya de viejo, lo que demuestra mi parte oscura y determinante en mi proceder.
Tengo manías inofensivas, no dañinas ni mucho menos, pero me generan placer y no angustias. Como lavar mi ropa a mano, habiendo lavadora en casa y planchar mis prendas.
*La vaca filósofa.
Fotos: Pixabay

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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