Bolivar Hernandez*
Vivir en una finca tiene sus inconvenientes serios, como es el aislamiento o la lejanía del mundanal ruido citadino, lo que hace necesario moverse en auto o en taxis, ya que el transporte público es malo, caro e inseguro para los pasajeros.
Salir de excursión al centro histórico es toda una aventura, es una travesía que puede suponer una hora o más de viaje.
En la Ciudad de Guatemala, jamás se me ocurriría abordar un autobús urbano, pues hay que subirse rápido y bajarse igualmente muy veloz, no paran del todo y hay que brincar con riesgo de lesionarse.
Quedan dos opciones:
Una es viajar en un auto de algún amigo o familiar, y la otra, más socorrida es subirse a un taxi, hay colectivos y también individuales.
Hay varias plataformas para contratar servicios de taxis, Uber es la principal. Yo tuve, por necesidad de movilidad constante, el contratar en forma permanente un taxi y un chofer de confianza. Es un lujo que yo me puedo dar no muy seguido.
Quiero contar una anécdota singular
Yo salgo caminando de la finca un kilómetro hasta una avenida principal, La Petapa, y ese trayecto lo hago a pie por una calle empinada. En dos ocasiones se han detenido junto a mí, un auto particular conducido por mujeres en ambas situaciones, y me ofrecen llevarme un kilómetro hasta la avenida grande. Yo he aceptado creyendo que son colonos de la finca donde vivo.
Me lo ofrecen con tanta amabilidad y con una sonrisa que acepto de inmediato. Pues bien, en las dos ocasiones que me ha sucedido lo mismo, resulta que estas dos mujeres no son colonos de la finca, cosa que descubro al llegar a mi destino, un kilómetro adelante.
Son choferes de Uber que transportan objetos y no personas. Y me llevan gratis.
¡No lo puedo creer!, mujeres trabajando que se apiadan de mi y me llevan en sus autos hasta mi corto destino. Agradezco esas muestras de bondad en tiempos recios, duros, donde los corazones son de piedra.
*La vaca filósofa.

