Bolivar Hernandez*
Hace muchos años, en una cena con amigos, profesores universitarios y funcionarios públicos charlamos de todo, como siempre. Estos convivios eran frecuentes, y se comía bien y se bebía mucho alcohol.
Como siempre, me iba a la francesa, sin despedirme de nadie, porque a cierta hora el alcohol hace estragos en mis amigos. Soy abstemio y no soporto a los borrachos, aunque sean mis amigos.
En la cena que narro, un funcionario, colega del servicio exterior mexicano, iba acompañado con su nueva pareja, una joven bella de profesión dentista. Salió el tema de los caballos a colación. Ella era propietaria de un fino caballo de carreras, un cuarto de milla, muy veloz el equino. Era obsequio de mi amigo, el exfuncionario del servicio exterior.
Al calor de los vinos
Ella comentó:
No puedo más con ese caballo, me sale muy caro, pago el alquiler de un establo, y tengo contratado a un caballerango, además pago el alimento especial, el veterinario y demás hierbas. Y lo monto de vez en cuando. No es prudente tenerlo ni un minuto más.
-Lo regalo, ¿quién se atreve?
Y como dice el dicho popular, A caballo regalado, no se le ve el diente, lo acepté de inmediato. ¡Era un gran regalo!, sin duda.
Aquí comienza una odisea con ese bello caballo, joven y muy brioso, llamado Rocky.
Mi relación con los caballos era traumática
De niño, mi padre me llevó a la hacienda de mi abuelo, finca azucarera, en la costa guatemalteca, con caballos y peones, y ordenó que le ensillaran una yegua y me obligó a montarla.
Yo sudaba del calor del ambiente y de los nervios, porque me me gustan los caballos, pero acaté la orden de mi padre y me subí al animal, y metros adelante empieza a galopar y salí disparado al suelo. Y me tuve que volver a subir, no tenía alternativa. Todo eso bajo la mirada estricta de mi padre.
A mis hijos, por lo contrario, les fascinan los caballos y todos ellos montan muy bien, son jinetes audaces, desde muy pequeñitos.
Mi ex esposa, madre de mis hijos, es una señora rica hacendada que posee una finca grande en el estado de Hidalgo, y ahí tiene caballos no tan finos como Rocky, pero todos ellos son la diversión y entretenimiento de su numerosa familia.
Cuando acepté el regalo del caballo de carreras, Rocky, mi ex esposa estuvo de acuerdo en trasladarlo a su finca, en el campo hidalguense.
Tuve que resolver varios asuntos logísticos, como conseguir un vehículo especial para trasladar caballos; obtener los permisos de la policía para atravesar la ciudad de sur a norte, del establo hasta la salida a Pachuca. Unos treinta kilómetros sobre avenidas permitidas dentro de la capital, y realizar un par de paradas para que Rocky bebiera agua. Todo estaba arreglado para que el traslado ocurriera a las tres de la madrugada , en el horario permitido por la policía.
Varias horas después llegamos a la finca de mi exesposa, y soltamos de inmediato a Rocky, para que corriera a sus anchas. Esta finca, aparte de poseer un pequeño lago interno, cuenta con una pista de carreras para caballos y también con caballerizas.
La llegada de Rocky a la finca nos obligó a ir semanalmente con los hijos a montar ese bello caballo de carreras. Yo nunca lo monté, pero mi ex esposa y mis hijos, si.
Por mucho tiempo, la extensa familia de mi ex mujer, acudían a la finca para montar a Rocky. Era un animal joven y brioso. Vivió muchos años en esa finca y con muchos cuidados y mimos de parte de los caballerangos de la finca.
Era un alazán hermoso
Pude ser el dueño de un caballo de carrera porque me lo obsequiaron mis amigos, y también porque tenía los recursos económicos para su manutención.
Pero, sobre todo, porque mi ex esposa poseía una finca propia ideal para albergar equinos. Y, finalmente, porque soy un atrevido, un ser exótico y aventurero.
*La vaca filósofa.

