Una nueva mirada sobre la guerra en curso en Europa puede surgir del análisis de dos obras alemanas reseñadas recientemente por la autora. Una de ellas, publicada en la primavera de este año, es del exembajador de Alemania en Rusia Rüdiger von Fritsch, La historia en mí: una familia alemana en el siglo XX (Die Geschichte in mir – Eine deutsche Familie im 20. Jahrhundert, Siedler, 2026).
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La otra, es del historiador Jochen Hellbeck, “Una guerra como ninguna otra: La guerra de aniquilación alemana contra la Unión Soviética: una revisión” (Ein Krieg wie kein anderer. Der deutsche Vernichtungskrieg gegen die Sowjetunion. Eine Revision, S. Fischer, 2025; edición en inglés: World Enemy #1: Nazi Germany, Soviet Russia, and the Fate of the Jews, Penguin Press, 2024).
Los dos libros sirven de guía para las siguientes reflexiones: ¿cómo es posible que la mayoría de las élites alemanas y occidentales — en Estados Unidos y en Europa— estén, en la práctica, ciegas dentro de una retórica que nos conduce directamente a una guerra contra Rusia y a la fragmentación del país? La respuesta: existe, sin duda, el problema del “doble rasero moral”, según lo afirmó el general de reserva Erich Vad, exasesor de la canciller Angela Merkel, en una reciente entrevista con Balthasar Becker, un analista de gestión de riesgos de 27 años. La raíz de ese “doble rasero moral” en la mentalidad de las élites está ligada a la erosión de los valores cristianos.
Por otro lado, tenemos la ceguera deliberada de algunos respecto de la propia historia de Alemania y del legado que llevó a la élite alemana de la era de Adolf Hitler a librar la más destructiva guerra de aniquilación contra la Unión Soviética y los bolcheviques judíos, combinada con el genocidio planificado de los judíos en Rusia y en Europa Oriental y Occidental.
Ese proceso culminó en la ejecución deliberada de millones de soldados y civiles rusos, así como de millones de judíos en los diversos campos de concentración, situados mayoritariamente en Polonia. Todo ello se suma a una negativa histérica a aceptar la verdad histórica de que fue la Unión Soviética quien, en última instancia, venció la guerra contra la Alemania nazi en la primavera de 1945, con el apoyo de los Aliados occidentales: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.
Los argumentos de Rüdiger von Fritsch
La lectura del libro de Rüdiger von Fritsch revela su intención de promover la narrativa de los Estados bálticos de ser pueblos amantes de la libertad. Von Fritsch, exembajador en Polonia (2010-2014) y en Rusia (2014-2019), cuya madre pertenecía a una importante familia lituana (von Hahn), describe la vida idílica de su gran familia. Una familia báltica distinguida y culta, que vivía en medio de hermosos paisajes y celebraba reuniones familiares en sus diversas casas de campo. Durante la Segunda guerra mundial, parte de la familia vivía en una de esas casas de campo en Polonia. Von Fritsch, nacido después de la guerra (1953), estudió en el Gymnasium en Düsseldorf y, posteriormente, estudió Historia y Filología Alemana, e ingresó luego en el servicio diplomático.
En el libro, relata su relación con su padre, Thomas von Fritsch, con quien mantenía discusiones interminables, dado que este —un defensor convencido de las ideas nazis— se negaba sistemáticamente a aceptar la dura realidad de la guerra, calificando gran parte de ella como noticias falsas, incluido el número de judíos exterminados. Sin embargo, él, procedente de una familia de Dresde, sin duda estaba al tanto de las ejecuciones masivas de judíos ocurridas durante la guerra en Lituania, donde actuó como alto funcionario de la administración, perpetradas por milicias lituanas y escuadrones de la muerte de la SS nazi.
El tío abuelo de Rüdiger era el general mayor Werner von Fritsch, quien fue jefe del Estado Mayor del Ejército alemán hasta 1938, cuando fue forzado a renunciar a raíz de una conspiración urdida por líderes nazis para que Hitler asumiera el control pleno de las fuerzas armadas. Por su parte, Thomas von Fritsch se unió tempranamente al movimiento nacionalsocialista en la década de 1920 y siguió siendo un ferviente admirador del régimen hasta su muerte, a finales de la década de 1960. Como se lee en el libro, con frecuencia exaltaba los “tiempos maravillosos” de la década de 1930 y, después de la guerra, en 1945, vivió en la clandestinidad durante tres años bajo una identidad falsa.
Así, el lector conoce la historia de una familia que, a pesar de todos los horrores de la guerra, tras ser expulsada por el Ejército Rojo de sus propiedades en el Este y forzada a buscar refugio en Occidente, finalmente logró establecerse en la región de Renania, en las ciudades de Siegen y Düsseldorf. Rüdiger von Fritsch presenta una “narrativa” subjetiva sobre el período de la guerra y su familia, combinándola con sus conclusiones personales sobre la Rusia actual bajo el gobierno del presidente Vladímir Putin, en especial, las celebraciones casi “sectarias” de la Gran Guerra Patriótica.
Su veredicto puede resumirse en dos párrafos:
“No había desacuerdo sobre lo ocurrido entre 1941 y 1945 en el territorio de la antigua URSS, ni sobre quién fue responsable y culpable de lo sucedido. Ningún país tuvo que hacer tantos sacrificios al nivel de la Unión Soviética; murieron más de 20 millones de personas.”
Prácticamente no hubo familia que no se viera afectada por la ‘guerra de exterminio’ nazi y sus consecuencias monstruosas para la población civil, y no solo en Leningrado. El destino de los judíos que vivían en la URSS fue terrible: Tras la invasión alemana, no eran llevados a campos de concentración, sino asesinados inmediatamente por una ‘fuerza especial’ (los Einsatzgruppen de la SS — n. e.). Recordar esos horrores fue un aspecto central de mi labor como embajador en Moscú. (…)
“No obstante, cobró un cariz cada vez más problemático la manera en que el liderazgo ruso instrumentalizaba la posteridad histórica, cuyas repercusiones afectaron tanto al devenir de la nación como a su proyección internacional. (…) La Historia fue reinterpretada y analizada de forma selectiva, sirviendo así de fundamento doctrinario para una política exterior de corte agresivo.”
Según él, eso se hizo evidente por el hecho de que, hasta finales de la década de 1980, Rusia negaba la existencia del protocolo adicional al Pacto Hitler-Stalin (referente a la división de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética — n. e.) y negaba cualquier participación de la URSS en la ejecución de hasta 25.000 polacos en 1940, episodio que recibió el nombre de la Masacre de Katyn.
Lo que realmente incomoda al exembajador en Rusia es el gran énfasis concedido a la celebración de la Gran Guerra Patriótica contra la Alemania nazi, que tiene lugar el 9 de mayo y reviste un carácter que roza el culto. En sus palabras:
La Gran Guerra Patriótica se convirtió en la ‘narrativa’ predominante. Permite que la sociedad rusa se vea, retrospectivamente, cual víctima de la política occidental —y, en particular, de la alemana— y que se celebre a sí misma, vencedora. (…) El 9 de mayo, el Día de la Victoria, es, al mismo tiempo, un ‘feriado sustituto’, un mito fundacional y una salvación. El pueblo se une en torno a un poder que se ve en la ‘continuidad de los grandes acontecimientos históricos’. (…) No hay reflexión, no hay sufrimiento, solo esplendor y oro. (…) Las ideas equivocadas sobre la propia historia son una enfermedad para el alma de una nación. Sirven principalmente a la xenofobia y a la megalomanía.
Sostiene además que quien aborda la Historia de esa manera selectiva llega a conclusiones erróneas, como Putin al afirmar que “el colapso de la URSS fue la ‘mayor catástrofe geopolítica del siglo XX’”. Para von Fritsch, cuando el liderazgo ruso decidió atacar Ucrania, la narrativa de la Gran guerra patriótica ayudó a legitimar la agresión bajo la premisa de que el país necesita “permanecer unido, igual que en 1941 (Operación Barbarroja), cuando los fascistas de Hitler invadieron la URSS”. Así, afirma, la lógica actual de Rusia sigue la línea de que es necesario combatir a aquellos fascistas en Kiev.

Hellbeck revela detalles impactantes sobre la Operación Barbarroja
El segundo libro es del historiador Jochen Hellbeck, antiguo alumno del célebre diplomático y geopolítico estadounidense George Kennan, actualmente profesor de la Universidad Rutgers (Estados Unidos). Utilizando nuevas fuentes y testimonios, incluidos guerrilleros, soldados y civiles rusos, además de oficiales de la SS y documentos y obras del escritor soviético de origen judío Ilya Ehrenburg, presenta una vasta gama de revelaciones impactantes sobre la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS, iniciada el 22 de junio de 1941, que abarcó vastos territorios e inició una guerra de exterminio sin precedentes.
La cruzada contra el bolchevismo judío fue la principal fuerza motriz del régimen nazi. Constituyó la precondición para el asesinato en masa de judíos soviéticos y sirvió de modelo para el Holocausto en el resto de Europa. Por otra parte, observa correctamente que, posteriormente, muchos soldados del Ejército Rojo soviético cometieron violaciones brutales contra mujeres y niñas alemanas tras cruzar la frontera de Prusia Oriental, en los meses finales de la guerra.
El libro de Hellbeck sigue la línea del extraordinario libro de 1965 del historiador Andreas Hillgruber, “La estrategia de Hitler: política y guerra 1940-1941” (Hitlers Strategie: Politik und Kriegführung 1940–1941), que ofreció un relato estremecedor sobre la “Solución Final” y el Imperio Alemán en el Este, pilares del programa ideológico racista del nacionalsocialismo.
Hellbeck observa que, después del fin de la guerra, agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses en la región de Renania relataron la reacción emocionalmente contenida de los alemanes ante la “liberación” del yugo nazi. En lugar de sentirse culpables por toda la campaña en el Este, muchos alemanes se sentían culpables por la “injusticia” cometida contra los judíos: “Los alemanes negaban cualquier rasgo de humanidad en los soviéticos.” Sin embargo, reconocer la humanidad de los soldados del Ejército Rojo —personas que habían sufrido atropellos y clamaban por justicia— era un prerrequisito fundamental, que defendía el célebre escritor soviético de origen judío Ilya Ehrenburg, una de las principales fuentes utilizadas por Hellbeck.
En el período de posguerra, Ehrenburg fue etiquetado en Alemania bajo el rotulo de un “propagandista soviético”, y se ignoraron por completo la vasta documentación y los testimonios que había reunido. “En sus artículos y libros, documentó la ausencia entre los alemanes de una conciencia profunda sobre los crímenes que habían cometido contra los soviéticos, a quienes ellos consideraban Untermenschen (subhumanos) del Este” que amenazaban a los Herrenmenschen (la raza de señores) alemana.
Hitler y su círculo íntimo, incluidos los líderes de la SS Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich, estaban obsesionados con la idea de aniquilar a aquellas “bestias, personificadas en la figura del enemigo judeo-bolchevique. El libro ofrece un panorama estremecedor de los métodos nazis durante la invasión de la Unión Soviética —período en el que estaban embriagados por la expectativa de una victoria rápida—, describiendo cómo “limpiaron” metódicamente los territorios ocupados en Ucrania, Bielorrusia y Lituania de la presencia de judíos bolcheviques, proceso que culminó en exterminio y matanzas masivas en aquellos países.
Los juicios de Núremberg
En el último capítulo, titulado “Memoria falsificada”, Hellbeck hace un relato detallado sobre los juicios del Tribunal de Núremberg.
“La mañana del 8 de febrero de 1946, el fiscal principal soviético, teniente general Roman Rudenko, inició su exposición de ocho horas contra los principales criminales de guerra. Habló después de las presentaciones de los fiscales estadounidenses, británicos y franceses. Para el soviético Roman Karmen, que registró el momento con su cámara, aquel día representó el ‘triunfo de la justicia’, un momento en que el pueblo soviético tuvo el derecho de hablar por sí mismo.”
El juicio fue conducido por las cuatro potencias aliadas contra los 20 principales criminales de guerra (entre ellos el jefe de la Luftwaffe, Hermann Göring; el ministro de Relaciones Exteriores, Joachim von Ribbentrop; el almirante Karl Dönitz, sucesor designado de Hitler; el jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, Wilhelm Keitel; el jefe del Gobierno General de Polonia, Hans Frank; y Fritz Sauckel, coordinador del reclutamiento de trabajo esclavo de prisioneros de guerra). Aunque todos estaban reunidos en el tribunal, las acusaciones fueron presentadas por separado por cada parte y diferían en tono y contenido.
Cuando Robert Jackson pronunció su discurso de apertura, el énfasis recayó en el hecho de que los vencedores de la guerra habían realizado un juicio basado en el Estado de Derecho, en lugar de la venganza. Jackson dejó claro que Estados Unidos había sido el menos perjudicado por la guerra y, por lo tanto, era el menos movido por sentimientos de venganza: Nuestras ciudades estadounidenses no fueron bombardeadas durante la noche. Nuestros lugares religiosos no fueron reducidos a ruinas.
A diferencia de los representantes de las otras potencias aliadas, el fiscal y los jueces soviéticos vestían uniformes militares. Mientras Jackson se concentraba en los principales líderes nazis sentados en el banquillo de los acusados y subrayaba que no se podía acusar a todo el pueblo alemán, la acusación del fiscal soviético iba más allá. Se dirigía contra todos los oficiales de las fuerzas armadas alemanas, contra la policía y otros pilares del Estado nazi, y contra toda una generación de alemanes cuyas mentes y conciencias habían sido envenenadas por la propaganda nazi. Rudenko señaló que la principal fuerza motriz de la guerra de exterminio se ubicaba en el hecho de que el conflicto se basaba en la teoría nazi de la “supremacía racial”.
Esa teoría significaba que los conquistadores fascistas alemanes no seguían ni respetaban ninguna ley o norma universalmente aceptada de “moral humanista”, sino que se veían tal cual miembros de la “raza de señores”. Citó pasajes del libro de Hitler, Mein Kampf (Mi lucha), y también de informes de la SS y canciones nazis, para ilustrar cómo el fascismo alemán logró despertar en la población alemana los “instintos más salvajes y viles” y transformar a alemanes comunes en asesinos en masa.
Las acciones de policías y soldados alemanes, horrendas y de una crueldad desvergonzada, se basaban en la idea de la supremacía de la raza alemana. Subrayó la diferencia entre la ideología nazi de la Herrenrasse y los ideales de la Ilustración y el imperativo de humanidad.
Rudenko habló en nombre de una nación que había sufrido directamente el impacto del odio racial. Describió los planes alemanes de exterminio: “30 millones de eslavos debían morir en el contexto de una ‘campaña de conquista colonial’.”
Himmler había comunicado esa cifra a los principales oficiales de las SS en el Este. Durante los juicios de Núremberg, Rudenko logró que Erich von dem Bach-Zelewski —uno de los oficiales de alto rango de la corporación en dicha región— confirmara ese número. Bach-Zelewski había sido citado por las autoridades estadounidenses para comparecer en calidad de testigo, según expone Hellbeck en su obra. Asimismo, Rudenko citó una directriz emitida por Heydrich, quien, previo al inicio de la Operación Barbarroja, ordenó el exterminio de toda la élite política y cultural de la URSS:
Todos los funcionarios prominentes del gobierno y del Partido, en particular los revolucionarios profesionales que actuaban en el Komintern, todos los excomisarios políticos del Ejército Rojo… el personal de la inteligencia soviética y todos los judíos. A continuación, Rudenko habló sobre los planes de exterminio del pueblo judío a escala mundial y citó a los 80.000 judíos muertos en Ucrania. Cuando el Ejército Rojo liberó el lugar, solo quedaban 140 judíos, afirmó.
Los estadounidenses presentaron seis testigos. El comandante de la SS Otto Ohlendorf, alegó haber actuado bajo órdenes superiores. Jackson exhibió fragmentos de películas sobre la liberación de los campos de concentración en abril de 1945, mostrando imágenes perturbadoras de cuerpos mutilados y cadáveres apilados en una sala de crematorio, incluidos checos, polacos, franceses y belgas. Sin embargo, el hecho de que fueran judíos ni siquiera fue mencionado, observó Hellbeck.
La Unión Soviética fue la única potencia entre los Aliados que convocó a judíos como testigos oculares ante el tribunal, escribe. También se exhibió una película del camarógrafo ruso Roman Karmen; la obra presentaba un panorama de sufrimiento, desde la liberación de Rostov, a finales de 1941, y evidencias de las numerosas atrocidades cometidas por los nazis en los territorios ocupados del Este, causando un enorme impacto en el público presente en el tribunal.

Guerra Fría: Churchill y la “Cortina de Hierro”
Sin embargo, conforme documenta Hellbeck, después de la exhibición de la película, el exprimer ministro británico Winston Churchill pronunció un discurso en el Westminster College, en Fulton, Estados Unidos, el 5 de marzo de 1946. Subrayó que no estaba en misión oficial, sino que hablaba únicamente en nombre propio. Lo hizo, no obstante, en presencia del presidente Harry Truman, quien le agradeció la visita a su ciudad natal. Churchill, según Hellbeck, aprovechó la ocasión para criticar la “tiranía” política que imperaba en los lugares donde había entrado el Ejército Rojo soviético. “Una Cortina de Hierro descendió, separando Varsovia, Berlín, Praga y otras ciudades ocupadas por los soviéticos en Europa Central y Oriental del resto del continente”, proclamó el expremier, creando la expresión que pasó a la historia.
Advirtió sobre el peligro de una nueva expansión comunista que, a su juicio, sería semejante a la conducta agresiva de la Alemania de Hitler, y apeló a la alianza fraternal de los pueblos de lengua inglesa, convocando a la defensa de los grandes principios de libertad y derechos humanos contra la ofensiva comunista. En el periódico Pravda, Stalin reaccionó de forma incisiva: afirmó que Hitler había desencadenado la guerra sobre la base de su teoría racial, según la cual solo los pueblos de lengua alemana constituían una nación verdadera.
Acusó a Churchill de incitar una guerra contra la Unión Soviética sobre la base de la teoría racista de que solo las naciones de lengua inglesa serían auténticas. Y recordó que la invasión nazi de la URSS costó muchas más vidas que las pérdidas de Gran Bretaña y Estados Unidos sumadas.
Estos acontecimientos ilustran cómo el frente de los Aliados comenzó a resquebrajarse en lo que respecta al juicio fundamental sobre el régimen nazi. Incluso cuando, en abril de 1945, soldados soviéticos y estadounidenses todavía se abrazaban y se estrechaban las manos, un periodista de Estados Unidos alertaba sobre el expansionismo soviético: un nuevo término ganó fuerza en Estados Unidos cuando la diputada Clare Boothe Luce comparó el Gulag soviético con Auschwitz y habló sobre la alarmante cifra de 18 millones de personas muertas en campos de concentración y de trabajos forzados; el “fascismo rojo” era el nuevo fantasma. En 1948, Truman concentró sus discursos en la amenaza soviética global y ganó las elecciones presidenciales de aquel año.
El inicio de la Guerra fría reavivó el miedo al comunismo y redujo las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la Segunda guerra mundial a un mero “intermezzo” dentro de la larga historia del anticomunismo estadounidense. Entre los defensores de esa línea de pensamiento estaban el director de la CIA, Allen Dulles, y el jefe del FBI, J. Edgar Hoover.
En el otoño de 1947, una serie de tribunales especiales y audiencias en el Congreso comenzó a investigar la influencia del comunismo en la industria cinematográfica estadounidense, lo que resultó en la condena de decenas de personas enviadas a la cárcel . Según Hellbeck, la lucha contra la agresión nazi fue vivida en la Unión Soviética de manera muy diferente de la narrativa occidental, que se concentraba casi exclusivamente en el Holocausto:
Así, retratar el Holocausto igual a un acontecimiento singular, se convirtió en el credo liberal de Occidente. En 1978, Jimmy Carter encargó al escritor Elie Wiesel presidir una comisión para edificar un memorial nacional del Holocausto. La comisión investigó cómo se preservaba la memoria del Holocausto en diferentes países, y cada vez se crearon más memoriales para recordar el acontecimiento.
En abril de 1993, el Museo Memorial del Holocausto de Estados Unidos (USHMM) fue inaugurado en Washington y pronto se convirtió en el memorial más visitado. “Muy impresionante, pero con poquísimas referencias a la liberación de los campos de concentración por la Unión Soviética”, escribe Hellbeck. La deficiencia más sutil de la exposición, afirma, es que “atenúa los cálculos de política racista asociados a los peores crímenes nazis y a la guerra de exterminio”.
En 2004, las tres repúblicas bálticas, que habían conquistado la independencia en 1990, ingresaron en la Unión Europea (UE). En aquella época, la UE clasificaba el Holocausto del “crimen más importante del continente”. En 2019, el Parlamento Europeo declaró que tanto la Alemania nazi y la Unión Soviética cometieron crímenes, dejando millones de víctimas, y exigió un segundo Tribunal de Núremberg para investigar los “crímenes históricos” de la Unión Soviética.
¿Qué tipo de historia es esa, se pregunta Hellbeck, si Europa olvida y silencia el papel decisivo de la Unión Soviética en la victoria sobre la Alemania nazi? ¿Cómo, en esas condiciones, sería posible reintegrar a Rusia en la comunidad europea? Aunque Putin pueda hacer uso excesivo del culto a la Gran Guerra Patriótica, la memoria de esa guerra sigue profundamente arraigada en la conciencia de los pueblos.

